Fragmentos

•March 30, 2015 • Leave a Comment

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De pronto explotas en trocitos diminutos y flotas

Y las miras con esos ojos que también te miran,

Nosotras

Porque esa eres tú, en mil partes dividida

No existe espacio y no hay del tiempo ningún amparo

Solo tú y tu reflejo.

Y ella, que también te mira, te susurra

Te quiero y no te quiero.

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Cambios.

•January 5, 2014 • Leave a Comment

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Yo era una de esas chicas a las que nadie quiere besar. La que aún lanza miradas tímidas entre cortinas de almendra. La que soñaba con pies de puntilla, dedos telaraña y piel atacada. Sigo siendo ella. Con más mundo; hojas por escribir y muchas paredes sin pintar por cabeza.

Que me besen despacio o rápido, con pasión o con rabia, pero sobre todo que me besen amando.

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•May 27, 2013 • 2 Comments

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Veo apenada la vida pasar, tan pequeña y henchida. Tan sola y tan podrida.

Voz y palabras, pero ella camina.

Veo apenada la vida pasar. Tan triste, tan loca y tan humilde.

De la mirada eterna

•November 7, 2011 • Leave a Comment

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje. 

[…]

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe. 

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne. 

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales. 

[…]

Lluvia | Federico García Lorca

Cuando el cielo llora está desconsolado y amargo, solo en su infinitud. Abandonado en su eternidad se derrama sobre nosotros, perdidos, ignorantes, apesadumbrados y egoístas. Nadie lo observa ya, nadie lo ama y nadie lo anhela. Desesperado araña el mundo con lágrimas, desesperado grita y se retuerce “¡Miradme, miradme, miradme!“, se deshace en ternura por nosotros pero seguimos obviando su presencia.

Creo en la llegada de un día en el que algunos podrán observar el cielo como yo lo hago, devota, amante secreta, compañera silenciosa de su viaje eterno. Porque él ve en mí y yo, a través de la lluvia, veo en él. Veo la vida, la muerte, y las esperanzas de un futuro luminoso.

Porque él me acompaña y me abraza, me acuna y me besa con sus lágrimas.

Seguid mi consejo, amigo mío. Mirad al cielo, apreciadlo como se aprecia el florecer de una rosa, el vuelo de un colibrí, el brillo en la mirada de los niños. Dejad que vuestro corazón viaje lejos.

Memories

•July 15, 2011 • Leave a Comment

Recuerdo una noche que me acerqué a la playa sola, antes de que todos los demás aparecieran. La luna estaba en su cuarto creciente más esplendoroso que había visto jamás, brillaba en el cielo y las olas rompían su figura en el mar.

Me saqué los zapatos y noté como se me hundían los pies en la arena, fría y blanquecina. A lo lejos se divisaba en la negrura las luces de un barco, casi era una imagen fantasmal pero se me asemejó a una pintura digna de ser colgada en la pared de cualquier museo.

No se distinguía el horizonte, la oscuridad del mar se unía con el cielo estrellado y me pareció que el mundo se replegaba a mi alrededor. No había nada ni nadie más en el mundo que yo y las olas, confidentes compañeras que se unieron a mi paseo nocturno con su vaivén tranquilo y sinuoso.

Me quedé unos segundos contemplando la escena, sintiendo que mi cerebro no era capaz ni de captar ni de comprender siquiera la mitad de su belleza. Y si, la calma me invadió tan profunda y fuerte que me hizo llorar de alegría.

Ahora que ya es solo un recuerdo desearía volver y parar el tiempo pues el mundo nunca tuvo tanta placidez y belleza juntas y yo, desgraciadamente, sintiendo el vacío invadirme los recuerdos no son un consuelo.

Dadme la mano y escuchadme amigo mío, siempre puedo intentar mostraros la belleza que encierra este lugar que llamo hogar.

Sueños y Ninfas

•July 3, 2011 • Leave a Comment

Esta es una de esas noches en las que te paras a escuchar a Beethoven o a Debussy, a sus preciosas composiciones y piensas. Imaginas.

Cuando cierro los ojos la veo. Se refleja en los rostros de las personas, esos amantes solitarios que vagan por las calles, almas rotas de rotros pálidos embellecidos por ese rastro plateado que ella les presta al acariciarles con su presencia.

Me pregunto si en ella habitarán ninfas de cabellos eternos y sonrisas blanquecinas. Sus cabellos más plateados que incluso la tierra que pisan, desprendiendo hilos de luz que se entrelazan y se disputan un esplendor que les es ajeno.

Y las veo danzar. Danzan con armonía, brío, flotan y vuelan al son de la voz de Lakmé y tras ellas solo queda la estela que las precede. Mis ojos quedan cegados e inexorablemente se abren.

En mi mente aun queda el susurro de la voz de la amante, su suavidad y su delicadeza.

Al mirar la luna ya no las puedo observar, ni su estela ni los hilos de luz que desprendían. El brillo de la luna es falso, lo que vemos en ella son las esperanzas y los sueño que porta nuestra alma y viajan a través del tiempo.

Bailemos, amor. Bailemos porque la noche está a punto de terminar y nuestro sueño se lo ha llevado la luna.

Del navegante que descubre nuevas tierras

•July 2, 2011 • Leave a Comment
Las despedidas siempre son dolorosas, lo sabemos y aún así, sumergidos en nuestra cabezonería seguimos queriendo despedirnos de los que nos importan.
Siempre me he imaginado las despedidas al más puro estilo clásico. Todos hemos visto alguna vez una obra de arte donde se reproducía una estación de tren con su correspondiente locomotora de vapor con rostros borrosos o, aunque definidos, desconocidos. Con esos trajes propios del siglo XIX, en ese momento más grises y desolados que nunca. Con caras apenadas y arrugas de amargura, pañuelos de seda y viajeros que se van para no volver.
Y en un momento dado nuestra mente lo reproduce una y otra vez: la locomotora comienza a avanzar dejando una inmensa nube salpicando el cielo grisáceo. Las mujeres agitando los pañuelos en señal de despedida, los niños corriendo tras la gran máquina apresurada.
Y, en sus ojos, los ojos de los que se van, se mezclan la tristeza, la emoción y ese brillo especial que predice un nuevo comienzo lejos de los amados. Porque a veces hay que dejarlos marchar.
Ésa es mi despedida. Marchad amor, marchad. Que no os atrape el destino. Sonreíd y no volváis.