Del navegante que descubre nuevas tierras

Las despedidas siempre son dolorosas, lo sabemos y aún así, sumergidos en nuestra cabezonería seguimos queriendo despedirnos de los que nos importan.
Siempre me he imaginado las despedidas al más puro estilo clásico. Todos hemos visto alguna vez una obra de arte donde se reproducía una estación de tren con su correspondiente locomotora de vapor con rostros borrosos o, aunque definidos, desconocidos. Con esos trajes propios del siglo XIX, en ese momento más grises y desolados que nunca. Con caras apenadas y arrugas de amargura, pañuelos de seda y viajeros que se van para no volver.
Y en un momento dado nuestra mente lo reproduce una y otra vez: la locomotora comienza a avanzar dejando una inmensa nube salpicando el cielo grisáceo. Las mujeres agitando los pañuelos en señal de despedida, los niños corriendo tras la gran máquina apresurada.
Y, en sus ojos, los ojos de los que se van, se mezclan la tristeza, la emoción y ese brillo especial que predice un nuevo comienzo lejos de los amados. Porque a veces hay que dejarlos marchar.
Ésa es mi despedida. Marchad amor, marchad. Que no os atrape el destino. Sonreíd y no volváis.
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~ by soulsolstice1 on July 2, 2011.

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